María, Madre de la Iglesia: qué significa y por qué es también Madre nuestra
Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Ti.
María no sustituye a Dios.
Tampoco ocupa el lugar de Jesucristo.
Precisamente porque está completamente unida a su Hijo, su maternidad nos conduce siempre hacia Él.
Cuando contemplamos el Evangelio descubrimos a María junto a Jesús desde el comienzo de su vida terrena y también junto a los discípulos cuando comienza la misión de la Iglesia.
Y hay unas palabras pronunciadas por Jesús desde la cruz que la tradición cristiana ha contemplado durante siglos:
«Ahí tienes a tu madre».
Vamos a detenernos en ellas.
🌹 En esta página
¿Qué significa que María sea Madre de la Iglesia?
Para comprender este título tenemos que comenzar por Jesucristo.
María es verdaderamente Madre de Jesús. Y Jesús es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.
Pero Cristo no vive separado de su Iglesia.
San Pablo utiliza una imagen especialmente hermosa: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Cristo es su Cabeza.
Por eso la maternidad de María no puede contemplarse únicamente como un acontecimiento ocurrido hace dos mil años en Nazaret y Belén.
Su relación maternal con Cristo está profundamente vinculada también al pueblo que pertenece a Cristo.
El Concilio Vaticano II contempla a María como Madre de los miembros de Cristo porque cooperó con su amor al nacimiento de los fieles en la Iglesia.
🌹 María es Madre de la Iglesia porque es Madre de Cristo y permanece maternalmente unida a quienes forman su Cuerpo.
«Ahí tienes a tu madre»: María al pie de la Cruz
Uno de los momentos más profundos del Evangelio de san Juan ocurre en el Calvario.
Jesús está crucificado.
María permanece junto a Él.
También está allí el discípulo amado.
Entonces Jesús dice a su Madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Y después dice al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
El Evangelio añade que desde aquella hora el discípulo la recibió como algo propio.
Estas palabras tienen un sentido inmediato: Jesús confía su Madre al discípulo.
Pero la tradición de la Iglesia ha contemplado también en aquel discípulo una dimensión más profunda: María es entregada como Madre a los discípulos de Cristo.
Por eso, cuando un cristiano llama a María «Madre», no está utilizando simplemente una expresión afectuosa.
Está reconociendo una maternidad espiritual profundamente vinculada al misterio de Cristo.
Detente unos segundos en aquellas palabras:
«Ahí tienes a tu madre».
También puedes recibirlas hoy como una invitación a dejar que María te acompañe en tu camino hacia Jesús.
María junto a la Iglesia naciente
Después de la Resurrección y la Ascensión de Jesús encontramos nuevamente a María.
Esta vez está junto a los apóstoles.
El libro de los Hechos nos cuenta que perseveraban unidos en la oración:
«Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús».
Es una escena preciosa.
María no aparece ocupando el centro ni reclamando protagonismo.
Está con la Iglesia y está orando.
Y allí permanece con los discípulos en los días que preceden a Pentecostés.
La misma mujer que había acogido al Espíritu Santo en la Anunciación está ahora junto a los discípulos que esperan la fuerza del Espíritu para comenzar su misión.
Por eso María ocupa un lugar tan especial cuando contemplamos el nacimiento y la vida de la Iglesia.
¿Por qué los católicos llamamos a María «Madre nuestra»?
Cuando decimos «Madre nuestra» hablamos de una maternidad espiritual.
Tenemos una madre terrenal, a la que debemos amar y honrar.
La maternidad de María pertenece a otro orden.
María nos acompaña como Madre en nuestra vida cristiana porque pertenecemos a Cristo.
Nos ayuda con su oración y su intercesión y, como en las bodas de Caná, dirige nuestra mirada hacia su Hijo.
«Haced lo que Él os diga».
Quizá estas sean las palabras que mejor resumen toda auténtica devoción mariana.
María no nos dice:
«Quedaos conmigo».
Nos señala a Jesús.
«Haced lo que Él os diga».
María nunca sustituye a Jesucristo
Este punto es fundamental.
Los católicos no adoramos a María.
La adoración pertenece solamente a Dios.
A María la amamos, la veneramos y pedimos su intercesión porque Dios le concedió un lugar singular en la historia de la salvación.
Jesucristo es el único Salvador.
Él es el único Mediador entre Dios y los hombres en el sentido propio y fundamental.
La misión maternal de María depende completamente de Cristo y jamás compite con Él.
Una auténtica devoción a María siempre conduce a Jesucristo.
Si una devoción mariana nos hace amar más a Jesús, escuchar su Palabra, recibir los sacramentos, servir al prójimo y vivir el Evangelio, está dando su verdadero fruto.
La memoria de María, Madre de la Iglesia
La Iglesia celebra litúrgicamente a la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia.
Esta memoria se celebra el lunes después de Pentecostés.
La elección de ese día expresa muy bien el significado del título.
Después de celebrar la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia, contemplamos a María como Madre que permanece junto a los discípulos de su Hijo.
El título tiene una historia anterior.
Durante el Concilio Vaticano II, san Pablo VI proclamó solemnemente a María «Madre de la Iglesia», subrayando así su maternidad sobre todo el pueblo cristiano.
Décadas después, el papa Francisco dispuso que esta memoria mariana se celebrara cada año en el calendario romano general.
¿Qué significa tener a María como Madre en nuestra vida?
Quizá después de conocer toda esta enseñanza llegue la pregunta más sencilla:
¿Y esto qué cambia en mi vida?
Tener a María como Madre significa que podemos vivir nuestra relación con ella con confianza filial.
Podemos hablarle cuando estamos preocupados.
Podemos pedirle que interceda por nuestra familia.
Podemos acudir a ella cuando nuestra fe se debilita.
Podemos darle gracias cuando algo bueno sucede.
Y podemos aprender de su manera de seguir a Jesús.
Pero quizá haya algo todavía más importante.
Podemos permitir que María haga con nosotros lo que hizo siempre: acercarnos a su Hijo.
🌹 Una oración muy sencilla
María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia,
recíbeme también a mí como hijo.
Acompáñame cuando mi fe sea fuerte
y también cuando me cueste creer.
Cuida de mi familia,
intercede por quienes llevo en el corazón
y enséñame a escuchar a tu Hijo.
Cuando no sepa qué hacer,
recuérdame aquellas palabras tuyas:
«Haced lo que Él os diga».
Amén.
Sigue conociendo a la Virgen María
Esta página es solamente una parte del camino. Puedes continuar descubriendo a María desde la Sagrada Escritura, la enseñanza de la Iglesia y la vida de los santos.
📿 Y después de conocerla, reza con ella
El Santo Rosario nos permite contemplar la vida de Jesucristo precisamente de la mano de su Madre.
No necesitas esperar a saber mucho sobre María para comenzar.
Toma el Rosario y empieza desde donde estés.
Madre de la Iglesia y Madre nuestra, llévanos siempre hacia Jesús.